Lo obvio, lo claro, lo que nos silencia –
Toda decisión implica una renuncia... para empezar.
Optas por una alternativa y no por las demás, que entonces se convierten, conjuntadas, en un resto –
o, según la mezquindad de quien decida revolverse antes de cada nuevo paso, titubeante, un brillo tenaz lamiéndole los párpados a la una de la mañana, un ardor vibrante por debajo de las uñas – deuda en potencia que calibra la mediocridad – y compulsa a desgarrar el cuero de la juventud – moler por dentro, el cuerpo que se vence.
De todos modos, entre los andantes, a través de su memoria e incluso de sus predicciones, las líneas se cruzan. De modo que la renuncia inicial no implica un abandono. – Qué te crees... –
Las estelas tejen un mar entero más picado aquí, menos allá, de circunstancias.
Ana se concentró en la imagen, pero no abandonó nunca el trazo engañoso de la palabra o, mejor dicho, su lenguaje la traicionó a la vuelta del lienzo, cada vez ante el otro, ella sola, atragantada de sueños en espera, los dedos temblando, a tientos de más tinta. El calado de cada asomo se ha revelado, desde entonces, sobre todo por medio del diálogo. Exploraciones al envés de sus motivaciones.
Escucharte me asombra, amiga mía. Intuyes pronto el cambio de la consistencia – el terreno a la vera – donde toca esfumarse, volar – detrás de los párpados, contra el paladar, antes de la sonrisa, de toda cortesía, y atender meditando, ya medio ida, aquel temblor de los dedos, pronto, ya, firmes asiendo las herramientas, lejos, a solas con la obra.
Ríndete...: que la proyección de ti que todo lo sabe, pues todo lo ha sufrido en cien generaciones, pida sin hablar – todo de ti.
Y oras: Bébete mi nombre, acepta mi pira solitaria, lejos en un monte donde mi Abel fue quien pudo haberme cuidado en la vida con los demás.
Ve ascender el humo, olor a carne... – he aquí, tu cordero... Mi única cabeza.
Por mi parte, dejé el dibujo, casi completamente, por el trazo engañoso de la palabra. Persiste, sin embargo, el mismo problema de entonces, cuando alzado el lápiz perdía el foco intentando sostener la extraña armonía entre el fenómeno en pleno desarrollo y la situación en que habría de manifestarse, distinguible para una suerte de captura. – El instante. Apenas – un instante... La aproximación.
El argumento brota de la escena suspendida, entre lo que se dijo y lo que no fue ni será revelado por medio de ninguna voz, atraviesa el tiempo como un colibrí negro entre los tallos del verano abrasador, y asciende a las flores de una verdad que de todas formas se le escapa.
– afán de sembrar imágenes – Ambición, ambición...
Es así que nos encontramos.
Decía Platón: el número, la palabra, la imagen y el entendimiento...
Nos apostamos en columnas de humo, cada una de su color particular color, enredándose en torno del silencio.
Sierpe de mi sueño – Humo de mi cuerpo.
Así nos encontramos.


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