domingo, 19 de julio de 2020

Partimos de la totalidad. Pero la totalidad es silencio.
Como seres humanos, nacimos en la complejidad del tiempo, con él. Y perdimos la capacidad de atendernos a sus espaldas.
Entonces fue – es – el verbo...


1998.
Continuaba yo adolescente. Bien sabemos, para ello no hay edad precisa. Y por mi parte continué adoleciendo de mí mismo, incapaz de reconocerme reflejado en la mirada de los otros como no fuera, invento errático tergiversado cada tanto por la culpa, tanto tiempo aún.
Hemos hablado de eso, también, aunque poco.
Hablamos... –
lances de articulación entre la contemplación de una y otra pintura, o, de la mano, hermanos, ante el paisaje, a menudo desolador. Viejos, acaso... – ¿desde cuándo?
El pecado original es la llaga que nos escinde. Y nos une, de vuelta, el silencio.


Paseo por la sala. Me detengo delante de uno de los cuadros, el primero de los que veré atentamente, hasta sentir que apenas y soporto tenerme ante la imagen, que aunque no me rechaza, me devuelve una imagen descalabrada de mis propios sistemas en pugna por interpretarla. Así cada vez, hasta que las fuerzas me abandonan...


Me sostengo en la carcasa de la tradición, en un sistema aprendido. Un idioma. 
El idioma en su relación con la gramática: esta regula a aquél, pero empieza operando más allá, más atrás, como el latín, por ejemplo, en relación al español). ¿Su propósito? Establecer por relación con una fuente, como se ha visto, una distinción soberana respecto de otras lenguas. Y preservar la nueva lengua de la deformación venidera, no se nos vaya a confundir de vuelta con otras.
Límites... Límites...
– Cada cuerpo, entonces, tiene una gramática. La gramática de la edad.
1 9 9 8 ...


Así que gramática... Y la construimos siempre en base a una lengua precedente, foránea, modélica... – En la adolescencia apuntamos neciamente a ver nuestro cuerpo  original, cuando la clave de toda originalidad radica en la incontrolable variedad de combinaciones del influjo, el flujo en sí mismo y la influencia, entonces, en un punto – ah, la consciencia repentina – con la marca propia de la experiencia intransferible: lo que no somos capaces de decir en su momento. Tiene sentido, por tanto, el afán de generación de esta gramática: obedece al afán de decir, de ponerle nombre, a una situación (necesariamente pasada o pretendidamente tal, y entonces desesperamos), para apropiarnos de ella y convertirla en – patrimonio mediante la palabra.
Nos explicamos a nosotros mismos. Fabulamos nuestro pasado, causa de nuestro presente, y con frecuencia lo fijamos entre bloques de papel maché... utilería, apenas, de un envés copado de notas, sueños de abstracción que ojalá y tomasen el lugar de la realidad... Solo cuando han pasado muchos  años, los suficientes para negarnos, carentes de entusiasmo por la ilusión, pasar por auténtico lo falso, cansados de sostener el mito, cada vez más ridículo conforme mejora la penetración de nuestra visión, no sin pesar, empezamos la evocación doliente de las imágenes auténticas, plegadas en su lengua original hasta el momento: estampas de la juventud, inapelablemente patéticas, pues endurecieron en la percepción despoetizada del niño, del púber, del joven, del tonto, del humano puro, contaminado apenas de sueños del instinto, ebrio de entusiasmo o anegado de culpa.


Condición.
Con ella. Lo que es posible decir de algo refiere a su finitud relativa.
El conocimiento en sí mismo es inconcebible mientras no hay meta-cognición. Del mismo modo, el mundo es producto del lenguaje.
Y para hablar de una situación, objeto de referencia, tiene que haber una gramática.
El cuerpo existe cuando lo reconocemos en el otro. Es menester chocar, mil veces, entonces, y así  estar mil veces vivo. Incluso la contemplación más pura plantea una sensibilidad de dicha experiencia, pues sino, referimos a la plena disolución, y esta, partiendo de lo dicho, constituye una negación de la propia humanidad. Si somos criaturas del lenguaje, somos criaturas finitas, y viceversa. Si somos humanos, somos mortales. Tiene sentido... Lo mismo que el afán de ir contra ello...
Bendito error de Descartes: no, pensar no equivale a existir, pero sí a pensar, siempre que se reduzca el mundo al pensamiento articulado  atronadora manifestación de soberbia.
Esperando a los bárbaros, decía Kavafis...


Más allá, 1999...
La negación de la muerte, amiga mía, es una perversión: la sociedad que oculta para sí misma la muerte se acelera, en carrera loca, una huida, pues en el fondo se sabe, en ella como en cualquiera otra, que necesita confirmar su fin para soñar con lo infinito.
¡Cómo buscamos el conflicto!


Vuelvo a la primera pintura, o acaso ella vuelve a mí...
Vaya estupidez discutir con quienes creen la cristianía (a decir de Raimon Panikkar), patrimonio exclusivo del cristianismo y, en general, de los creyentes en Jesús. – El espíritu es superior a la razón, no su envés. La fe no tiene objeto. Invocar la fe con un nombre es blasfemo.
Aquí, entre estos cuerpos, se vislumbran llagas de una exploración – por creer en lugar de conocer. Por eso mismo, las líneas se difuminan...
Es el fin del cuerpo, pero a partir del cuerpo  puesto el proceso en orden.
Poseer la verdad  pretensiones, más pretensiones. En el mejor de los casos, la verdad nos posee.
El pecado original es la llaga que nos escinde. Pero, bueno, no somos impecables, pero hay perdón... Y con este, vaya si se rompe la forma, si se desvanecen ciertos límites...


lunes, 13 de julio de 2020

Hay afectos cuyo deseo, el que brota y tiende a la realización de la plenitud de un encuentro, al que parece destinado, ese afán de anulación de los límites, cuanto menos de comunión, ha de permanecer necesariamente en el plano ideal, sin realización más allá de la pretendida poesía.
Pero para el cuerpo no hay vacilación.
Asunto de imperio.


Los griegos concebían la perfección condicionada a la finitud. Es lógico, es razonable. Fue después que se planteó eso mismo que, aún más tarde, habría de ser explicado de forma más comprensible, como absurdo kierkegardiano: lo infinito y, a la vez, pleno de gracia, más aún: gracia misma en sí, centro y sendero, condición y destino... Más que un – auto de fe.
Nosotros – necesitamos los cuerpos. Crecemos, nos desarrollamos y, es más, nos realizamos conforme ampliamos nuestro dominio consciente, y este dominio empieza en una condición de finitud, cuyo entendimiento se abre al misterio de la trascendencia. 
Primero el tacto, el gusto, el olfato, el oído, más adelante la vista y, a partir de entonces, por medio de la visión de lo que no se encuentra ante nosotros, cada vez a un mayor grado de abstracción, que se sirve de todos los sentidos. – El tiempo. 
¿Qué conversación productiva cabría suponer de una en que las partes no se refieren a lo mismo con palabras idénticas? Puro desconcierto...
Estoy en la sala de 1997 y me cuestiono respecto de cuán grande fue mi suerte de tentar caminos, por entonces, a través de las definiciones que, por puro rigor lingüístico, mi padre acostumbraba emplear, sobre todo para completar la visión plena, amplísima, pero confusa y tan a menudo asombrosa de goces como aterradora de mi madre, a fin de disponer para mí cierto orden de entendimiento.
Décadas después, en aulas, me vi procurando que cada estudiante lograse para sí, una apropiación similar: atender la necesidad de definiciones, contribuir a su construcción y, después, participar de su uso en el foro. "No es la idea demostrar algo para dominar al resto; se trata de ofrecer ideas para mejorarlas a través del diálogo."
Ahora, – conceptos. Esas imágenes que acuden desde el nombre. Efectivamente, solo se concibe desde el marco tibio de la seguridad que procura un mundo, y el mundo es una colección fantástica de nombres entre los que flota el éter.


Aquí, los cuerpos se retuercen y se enredan, desafían de tal manera la intención de orden, sacuden desde el lienzo, las nociones fundamentales de su impostura. Se revelan – y revelan así, otro misterio: el de una historia particular, una visión propia de una realidad universal... Todos tenemos cuerpo, todos hacemos cuerpo, todos abandonamos, acaso, un cuerpo... – y todos soñamos – soñamos –
soñamos.



viernes, 10 de julio de 2020

Cuidar el lenguaje equivale a cuidar, en parte, del espíritu. Cuidar el silencio, también; se trata, en efecto, de complementos.
Los misterios de esta conexión entre trazo y vacío los explora la gramática. – No obstante, el nombre aparentemente frío. Pero es que en esto mismo, en el rasgo aparente, tenemos una prueba: la disciplina ha de distanciarse de su objeto, sobre todo siendo este tan comprometedor. – Qué revelaría...
Pautas del afán humano. Es lo que hay...
Y asomamos, recién, al punto en que sintaxis y semántica, por decirlo de algún modo, jugando con la paradoja relativa a las abstracciones, se tocan...


Palabras. –
Nexos vibrantes entre imágenes. Fijos, endurecidos, como alambres cargados de sentido, pero solo una vez se los lee con interés y, paradójicamente, se los entiende. Fijos, a diferencia de las notas musicales, de los acordes. Presencia de conciencia, en el propio espacio.
– Mi lado de la ecuación – dice el eco. Y 
el otro lado es tuyo...


La idea: ingresar a una galería dedicada exclusivamente a tu obra; las muestras, según orden cronológico, en sendas salas. ¿Los visitantes? Solo uno a la vez. Cada cual en soledad, enfrentado a los cuerpos, ¿o por lo cuerpos? Y es aquí que empiezan las preguntas...
La memoria despierta, se activa. De los cuerpos a los cuerpos.
Y los cuerpos no callan  Saben lo que saben, y no saben callar. Su lenguaje es el dolor, que se anticipa a toda articulación. Pues efectivamente, un grito brota antes que toda idea, máxime si es esta una abstracción... – Lástima por Descartes...


1997.
La escritura genera satisfacción. Esta es graduable...
1 9 9 7 y el punto...
– cada línea, cada forma.
1  9  9  9  9  9  9  7
–  .
Porque la reflexión en la galería arranca luego del noventa y cuatro – donde hubo que preguntarse, antes de pasar aquí: ¿De dónde vengo?
– Y la boca de la memoria se abre de nuevo, más amplia, tanto que devora su propio voz eco – y luego va en pos de su eco. – Es así que la voz retrocede, hasta la memoria del cuerpo, antes de la primera sílaba, donde a lo mejor el propio pulso marcaba el ir y volver de uno a otro hemisferio – la primera gramática.
Somos uno, somos dos. Dos tiempos. Y dos trazos sobre el vacío  que dice lo propio, siempre, burlándose del viejo afán por quedarse uno con la última palabra.