Partimos de la totalidad. Pero la totalidad es silencio.
Como seres humanos, nacimos en la complejidad del tiempo, con él. Y perdimos la capacidad de atendernos a sus espaldas.
Entonces fue – es – el verbo...
1998.
Continuaba yo adolescente. Bien sabemos, para ello no hay edad precisa. Y por mi parte continué adoleciendo de mí mismo, incapaz de reconocerme reflejado en la mirada de los otros como no fuera, invento errático tergiversado cada tanto por la culpa, tanto tiempo aún.
Hemos hablado de eso, también, aunque poco.
Hablamos... –
lances de articulación entre la contemplación de una y otra pintura, o, de la mano, hermanos, ante el paisaje, a menudo desolador. Viejos, acaso... – ¿desde cuándo?
El pecado original es la llaga que nos escinde. Y nos une, de vuelta, el silencio.
Paseo por la sala. Me detengo delante de uno de los cuadros, el primero de los que veré atentamente, hasta sentir que apenas y soporto tenerme ante la imagen, que aunque no me rechaza, me devuelve una imagen descalabrada de mis propios sistemas en pugna por interpretarla. Así cada vez, hasta que las fuerzas me abandonan...
Me sostengo en la carcasa de la tradición, en un sistema aprendido. Un idioma. –
El idioma en su relación con la gramática: esta regula a aquél, pero empieza operando más allá, más atrás, como el latín, por ejemplo, en relación al español). ¿Su propósito? Establecer por relación con una fuente, como se ha visto, una distinción soberana respecto de otras lenguas. Y preservar la nueva lengua de la deformación venidera, no se nos vaya a confundir de vuelta con otras.
Límites... Límites...
– Cada cuerpo, entonces, tiene una gramática. La gramática de la edad.
1 9 9 8 ...
Así que gramática... Y la construimos siempre en base a una lengua precedente, foránea, modélica... – En la adolescencia apuntamos neciamente a ver nuestro cuerpo – original, cuando la clave de toda originalidad radica en la incontrolable variedad de combinaciones del influjo, el flujo en sí mismo y la influencia, entonces, en un punto – ah, la consciencia repentina – con la marca propia de la experiencia intransferible: lo que no somos capaces de decir en su momento. Tiene sentido, por tanto, el afán de generación de esta gramática: obedece al afán de decir, de ponerle nombre, a una situación (necesariamente pasada o pretendidamente tal, y entonces desesperamos), para apropiarnos de ella y convertirla en – patrimonio mediante la palabra.
Nos explicamos a nosotros mismos. Fabulamos nuestro pasado, causa de nuestro presente, y con frecuencia lo fijamos entre bloques de papel maché... utilería, apenas, de un envés copado de notas, sueños de abstracción que ojalá y tomasen el lugar de la realidad... Solo cuando han pasado muchos años, los suficientes para negarnos, carentes de entusiasmo por la ilusión, pasar por auténtico lo falso, cansados de sostener el mito, cada vez más ridículo conforme mejora la penetración de nuestra visión, no sin pesar, empezamos la evocación doliente de las imágenes auténticas, plegadas en su lengua original hasta el momento: estampas de la juventud, inapelablemente patéticas, pues endurecieron en la percepción despoetizada del niño, del púber, del joven, del tonto, del humano puro, contaminado apenas de sueños del instinto, ebrio de entusiasmo o anegado de culpa.
Condición.
Con ella. Lo que es posible decir de algo refiere a su finitud relativa.
El conocimiento en sí mismo es inconcebible mientras no hay meta-cognición. Del mismo modo, el mundo es producto del lenguaje.
Y para hablar de una situación, objeto de referencia, tiene que haber una gramática.
El cuerpo existe cuando lo reconocemos en el otro. Es menester chocar, mil veces, entonces, y así – estar mil veces vivo. Incluso la contemplación más pura plantea una sensibilidad de dicha experiencia, pues sino, referimos a la plena disolución, y esta, partiendo de lo dicho, constituye una negación de la propia humanidad. Si somos criaturas del lenguaje, somos criaturas finitas, y viceversa. Si somos humanos, somos mortales. Tiene sentido... Lo mismo que el afán de ir contra ello...
Bendito error de Descartes: no, pensar no equivale a existir, pero sí a pensar, siempre que se reduzca el mundo al pensamiento articulado – atronadora manifestación de soberbia.
Esperando a los bárbaros, decía Kavafis...
Más allá, 1999...
La negación de la muerte, amiga mía, es una perversión: la sociedad que oculta para sí misma la muerte se acelera, en carrera loca, una huida, pues en el fondo se sabe, en ella como en cualquiera otra, que necesita confirmar su fin para soñar con lo infinito.
¡Cómo buscamos el conflicto!
Vuelvo a la primera pintura, o acaso ella vuelve a mí...
Vaya estupidez discutir con quienes creen la cristianía (a decir de Raimon Panikkar), patrimonio exclusivo del cristianismo y, en general, de los creyentes en Jesús. – El espíritu es superior a la razón, no su envés. La fe no tiene objeto. Invocar la fe con un nombre es blasfemo.
Aquí, entre estos cuerpos, se vislumbran llagas de una exploración – por creer en lugar de conocer. Por eso mismo, las líneas se difuminan...
Es el fin del cuerpo, pero a partir del cuerpo – puesto el proceso en orden.
Poseer la verdad – pretensiones, más pretensiones. En el mejor de los casos, la verdad nos posee.
El pecado original es la llaga que nos escinde. Pero, bueno, no somos impecables, pero hay perdón... Y con este, vaya si se rompe la forma, si se desvanecen ciertos límites...





