lunes, 13 de julio de 2020

Hay afectos cuyo deseo, el que brota y tiende a la realización de la plenitud de un encuentro, al que parece destinado, ese afán de anulación de los límites, cuanto menos de comunión, ha de permanecer necesariamente en el plano ideal, sin realización más allá de la pretendida poesía.
Pero para el cuerpo no hay vacilación.
Asunto de imperio.


Los griegos concebían la perfección condicionada a la finitud. Es lógico, es razonable. Fue después que se planteó eso mismo que, aún más tarde, habría de ser explicado de forma más comprensible, como absurdo kierkegardiano: lo infinito y, a la vez, pleno de gracia, más aún: gracia misma en sí, centro y sendero, condición y destino... Más que un – auto de fe.
Nosotros – necesitamos los cuerpos. Crecemos, nos desarrollamos y, es más, nos realizamos conforme ampliamos nuestro dominio consciente, y este dominio empieza en una condición de finitud, cuyo entendimiento se abre al misterio de la trascendencia. 
Primero el tacto, el gusto, el olfato, el oído, más adelante la vista y, a partir de entonces, por medio de la visión de lo que no se encuentra ante nosotros, cada vez a un mayor grado de abstracción, que se sirve de todos los sentidos. – El tiempo. 
¿Qué conversación productiva cabría suponer de una en que las partes no se refieren a lo mismo con palabras idénticas? Puro desconcierto...
Estoy en la sala de 1997 y me cuestiono respecto de cuán grande fue mi suerte de tentar caminos, por entonces, a través de las definiciones que, por puro rigor lingüístico, mi padre acostumbraba emplear, sobre todo para completar la visión plena, amplísima, pero confusa y tan a menudo asombrosa de goces como aterradora de mi madre, a fin de disponer para mí cierto orden de entendimiento.
Décadas después, en aulas, me vi procurando que cada estudiante lograse para sí, una apropiación similar: atender la necesidad de definiciones, contribuir a su construcción y, después, participar de su uso en el foro. "No es la idea demostrar algo para dominar al resto; se trata de ofrecer ideas para mejorarlas a través del diálogo."
Ahora, – conceptos. Esas imágenes que acuden desde el nombre. Efectivamente, solo se concibe desde el marco tibio de la seguridad que procura un mundo, y el mundo es una colección fantástica de nombres entre los que flota el éter.


Aquí, los cuerpos se retuercen y se enredan, desafían de tal manera la intención de orden, sacuden desde el lienzo, las nociones fundamentales de su impostura. Se revelan – y revelan así, otro misterio: el de una historia particular, una visión propia de una realidad universal... Todos tenemos cuerpo, todos hacemos cuerpo, todos abandonamos, acaso, un cuerpo... – y todos soñamos – soñamos –
soñamos.



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